Blog de Manuel Saravia

El invierno, la nieve y la tormenta

En la noche del jueves se oyeron truenos en Valladolid, alguno muy fuerte. Y unos días antes cayó una nevada tan intensa como hacía tiempo que no se veía. Vivimos un invierno raro. Y duro. Porque detrás de la pandemia la naturaleza sigue su curso, como siempre. Y aunque no nos sea fácil observar nada que no se refiera a la evolución de los datos de contagios, las estaciones, incapaces de padecer, se suceden impasibles. Se adueña del paisaje el invierno frío. Como siempre. Y afecta a la imaginación, igual que siempre.

Cuando cae la nieve la escena se transforma. Y también hoy la nieve vuelve a “aniquilar con demasiada facilidad el mundo exterior”. “Universaliza el universo en una sola tonalidad”. Por unos días. Lo decía Rimbaud: Con la nieve se “asfixia decididamente al mundo”. Por si no estuviese ya estrangulado. O mejor: “Se siente actuar una negación por la blancura universal”.

Pero también vino la tormenta (algo que solo sucede en estas fechas cada 20 o 30 años). Una tormenta que se vuelve ofensiva “sobre todo en las ciudades (…), donde el cielo manifiesta su ira con más claridad”. Y así se vive “el drama de la casa atacada por la tormenta”. Un diluvio, un vendaval que ruge y retuerce los árboles, y que hace que “la casa se estreche contra mí como una loba (…). Aquella noche fue verdaderamente mi madre”.

Nieve y tormenta en medio del invierno. De un invierno aún más duro. Y más anciano. Porque “de todas las estaciones, el invierno es la más vieja. Pone edad en los recuerdos y nos devuelve a un largo pasado”. Por eso, para niños y niñas, “en el alma de un niño”, por debajo de la nieve que se amontona, la casa “puede integrar imágenes del año mil”. Nada menos.

Pero frente a la nieve y al rayo, “el invierno evocado es (también) un refuerzo de la felicidad de habitar”. En este año, que vivimos un invierno dentro de otro invierno; que padecemos restricciones y confinamientos obligados por la defensa sanitaria; que asumimos el encierro como limitación… reconocemos, más quizá que nunca, frente a la tempestad y la nieve, el valor de la casa. Estar en casa. Y quizá nos resulte menos extraño que nunca, cuando la casa “lucha bravamente”, que Baudelaire nos hablara de “la dicha invernal”.

(Fotografía: San Benito nevado, en las primeras horas del 11 de enero de 2021. Facilitada por Consuelo Martín. Los entrecomillados son citas de Rimbaud, Bachelin, Baudelaire y -la mayoría- de Bachelard).


2 comentarios

  1. Rosa - 23 enero, 2021 5:19 pm

    Siento no estar de acuerdo con Bachelin: es en los pueblos donde realmente somos testigo del drama de nuestras casas atacadas por una tormenta.

    Escribo mientras escucho cómo suena la casa por el vendaval de esta tarde. Me tranquiliza estar resguardada, aunque veo cómo pelean mis árboles y me da miedo pensar cómo encontraré todo mañana. Pero me intranquiliza pensar que estoy aislada, que nadie se enterará si algo me pasa. Sé que esta noche quizá no podré ver la televisión, es lo que ocurre si hay viento o niebla. O que no tendré Internet, porque es lo normal cuando no se dispone de fibra en esta España vaciada que solo importa en campaña electoral, o se irá el teléfono, o la luz. En Valladolid no soy consciente de las estaciones; por eso, a pesar de todo, estoy aquí.

    Un saludo desde Urueña.

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  2. saravia - 31 enero, 2021 8:53 am

    Ayer volvió el viento. Y aunque tienes razón (en el campo, en los pueblos pequeños o más aún en casas aisladas se viven con mucha más intensidad los vendavales y las tormentas), te aseguro que se notaba muchísimo. Pero, es cierto: la categoría de drama no nos corresponde. Es más de Urueña, por ejemplo. Es verdad. Gracias.

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