Blog de Manuel Saravia

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Con la dulzura de las sirenas

Recordaba Emil Cioran que “en la antigüedad se decía que la doctrina de Epicuro tenía ‘la dulzura de las sirenas”. Y comentaba: “Perderíamos el tiempo buscando el sistema moderno que pudiera merecer ese elogio”. La frase es, según creo, enormemente sugerente. Intentemos desentrañarla un poco.

Las sirenas (lo sabemos) son figuras simbólicas que aparecen en dos formas: como mujer-pájaro y como mujer-pez. Hijas del río Aqueloo y de la ninfa Calíope, la leyenda les atribuía un canto dulcísimo con el que atraían a los caminantes para devorarlos. Es uno de los mitos más persistentes, y a través del folklore de muchos pueblos marineros se conservan creencias relativas a ellas hasta hoy. Son símbolos del deseo y las tentaciones “en su aspecto más doloroso que lleva a la autodestrucción” (J.-E. Cirlot). De manera que si el epicureísmo tiene “la dulzura de las sirenas” será porque nos embauca con su música y nos lleva a la perdición. Me lo temía.

Emilio Lledó explica la filosofía de Epicuro (El epicureísmo, 1984), y se enfada con quienes han tergiversado y deforman su mensaje, que no es esa grosera versión que una parte de la tradición ha impuesto. Sino que, por el contrario, funda una revolucionaria idea de la existencia que, entre otras muchas cosas, “nos puso en camino de superar la doble moral, la doble o múltiple verdad” (Lledó). Promoviendo, en último término, un decidido apego a la vida (“una vida buscando la vida”). Epicuro “imaginó una educación y política del amor, única forma posible y esperanzada de seguir viviendo”. (Me gusta. Creo que me está empezando a afectar el canto de esa filosofía sirenaica).

Pero indaguemos algo más. Y recojamos algunas frases del filósofo de Samos. Por ejemplo: “La plenitud e incorruptibilidad de un ser implica no solo estar libre de preocupaciones, sino el no causárselas a otro. Nada le dicen, pues, ni las iras ni las benevolencias. Todo esto son cosas de débiles”. Vaya. Sigamos: “Es posible frente a las demás cosas procurarse una seguridad; pero frente a la muerte todos habitamos una ciudad sin murallas”. Y otra más: “Para nada precisamos ya de un tiempo infinito. Porque ya no rehúye el placer. Y cuando las circunstancias nos llevan al momento de dejar la vida, no nos vamos de ella con el sentimiento de que algo nos faltó para haberla llevado mejor”. Y la última: “De todos los bienes que la sabiduría ofrece para la felicidad de una vida plena, el más grande es la adquisición de la amistad”.

¿No es buenísimo? Creo que se entrevé bastante bien la dulzura de ese canto que nos dice Epicuro, y que nos arrastra hacia el fondo del mar. ¿No es irresistible? Ojalá se incumpla el designio de Cioran y veamos otro “sistema” que merezca un elogio semejante al que se hiciera hace muchísimo tiempo a nuestro filósofo de cabecera.

(Imagen: Arrecife de las sirenas, Cabo de Gata, Flickr / Creative Commons / Juan Mercader).


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