Blog de Manuel Saravia

La tertulia infinita

Lo que de verdad nos gusta es la tertulia. No solo la original, la del café para hablar de todo y pasar el rato con los amigos. Tampoco la de los salones, con pretensiones culturales, literarias o artísticas. No. Me refiero a las tertulias que se dan en los medios de comunicación y en las redes sociales, que llenan las horas y acaban trascendiendo hacia otros ámbitos institucionales. La formación de la opinión ha sido colonizada por una inmensa tertulia en la que no podemos dejar de hablar, hablar y hablar sobre todos los asuntos.

Una tertuliarización general que afecta en primer lugar, según creo, a los debates de grupo, internos, donde el tratamiento ordenado de los temas deriva en muchas ocasiones al modo tertulia. Donde se solapan las intervenciones sobre asuntos de actualidad. Los puntos de vista se exponen sobre la marcha, y el orden del día se hace gaseoso. Se salta de un tema a otro, y se habla muchísimo de todo. De manera que aunque la conversación no lleve a la adopción de acuerdos (a veces sí), siempre puede decirse que ya se trató el asunto y se pudieron defender otros puntos de vista.

Pero lo más novedoso es el énfasis de la tertulia pública. Es decir: cuando los debates se transforman en espectáculo. Para lo cual importa que haya opiniones enfrentadas (“de trinchera”), que se defiendan de forma contundente, muchas veces sobreactuando y casi siempre polemizando. Siguiendo argumentarios previos (de antemano se sabe la posición de cada uno), en exposiciones que deben ser sencillas, reduciendo drásticamente la complejidad, aunque se trate de asuntos extremadamente especializados.

Sabemos que allí se enfrentan opiniones políticas. Y que lo más eficaz es el “zasca” (y “sus primos hermanos”, como dice Fanjul: el tuit agresivo o el meme). Nada de esgrima: el enfrentamiento es de lucha libre. La máxima polarización. Donde lo mejor es hablar contra alguien, pues es la forma en que los mensajes calan mejor. Eso sí: debe parecer que el debate se apoya en razones. Pero lo cierto es que en general “solo me parece convincente lo que encaja con mis sentimientos”. Y así “desaparece la deliberación detrás de lo meramente expresivo” (Vallespín).

Porque en último término se lucha por la consideración del público. Por sacar partido en una fría “economía de la atención”. Y como quiera que se atiende más a quien más ruido hace (no a quien aporta mejores argumentos, sino al más provocador, al más ruidoso) «la razón argumentativa se va supliendo poco a poco por el refuerzo emocional de consignas» breves, sencillas, quizá a veces elementales. Hay sitio para todo. Pero las tertulias ocupan demasiado.

(Imagen del encabezamiento: procedente de luzyled.es/proyectos/la-sexta-noche).

 


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