Blog de Manuel Saravia

Nada como una carta

Como dijo Gelman: “una hojita de papel”. De hecho, deriva del latín charta: papel. Una carta es un papel (primera simpleza). Una hojita de papel escrita. Que suele enviarse dentro de un sobre para guardar la confidencialidad. Un objeto. Un papel, repito. Perteneciente al mundo, por lo tanto, del tacto (y así podemos imaginarte abriendo el sobre, cogiéndola con tus manos al leerla). Walter Benjamin, que dedicaba muchísimo tiempo a redactar cartas, se esforzaba por cuidar la caligrafía (“minúscula y elegante, densa y regular”), y requería “cierto tipo de papel”, incluso en el exilio. Porque no vale escribir en cualquier sitio, en cualquier papel. La carta roza, huele, acaricia.

Un objeto para la comunicación personal entre remitente y destinatario. Lo llevan los carteros. Del soldado en la trinchera (“dale a mi novia esto si la ves un día”, como nos recordaba Ángel González). Desde la cárcel de Alicante (Miguel Hernández a Josefina). De la madre del exiliado, del emigrante. Quizá, a veces, con ese estatuto difuso de las cartas que se escriben para ser publicadas después (“donde se mezclan la intimidad y lo público, la inmediatez y la voluntad de estilo”). Como la que se acaba de subastar: “La carta más amarga de John Lennon a Paul McCartney”, escrita para ser publicada el 24 de noviembre de 1971. O las cartas dirigidas a una amiga inventada (Saint-Exupery). Pero siempre formuladas de persona a persona. Por eso puede hablarse de cartas “escritas en voz baja” (qué bonito). O de “un latido de cartas”.

Invariablemente llevan saludo y despedida. Que a veces son lo mejor de la carta. Hay saludos impresionantes. Augusto, a Cayo César: “Te saludo, mi querido Cayo, mi queridísimo burrito”. ¿Burrito? Alejandro I a su hermana Catalina: “Mi absurda cosita loca”. ¿Cosita? Sade contra quienes le atormentan: “Viles esbirros de los vendedores de atún”. Parece Tintín. Y despedidas impresionantes. “Siempre tuyo, siempre mía, siempre nuestros”, de Beethoven a su amada. Por su parte, Napoleón se despide así de Josefina: “Un beso en el corazón y otro más abajo, mucho más abajo!” (Era un sentimental, está claro. Pues acababa así: “No sé si necesitas dinero”).

El contenido es, obviamente, múltiple (tercera, o cuarta ya, simpleza). Porque la carta vale para todo. Las hay formales. De alta o baja política internacional. Como la carta, por ejemplo, de Hitler a Mussolini del 21 de junio de 1941: tremenda (se recoge en el libro de Simon Sebag Montefiore, Escrito en la historia. Cartas que cambiaron el mundo, Planeta, 2019, junto a otras 108 cartas de todo tipo, escritas en los últimos 3.400 años). O la de Einstein a Roosevelt, sugiriendo el proyecto de una bomba atómica. Y en el mundo académico, donde, para los investigadores, “la correspondencia ha sido siempre el contrapunto de su obra pública, y sus cartas descorrían el velo que cubría un ‘yo’ agazapado bajo los textos impresos” (E. Traverso, Pasados singulares, Alianza, 2022).

Pero el grueso, la carne, está en las cartas más personales, informales, de familiares, de amigos. Que pudieran parecer banales, pero que son una mina de la convivencia. Como la de Mozart a su tía y prima Marianne: grosero a tope. O la de Miguel Ángel contando cómo se contorsionaba para pintar la Capilla Sixtina: “Los riñones me han entrado hasta la panza”. En ocasiones sorprende la forma tan directa, y a veces tan informal de expresarse. “Querido Engels (…), el hombre del piano, al que se le está pagando a plazos el piano, tendría que haber recibido 6 libras el último día de junio, y es un hombre de lo más grosero”, escribía Marx. Y sobre Lassalle, decía después: “Resulta difícil creer que una persona como él, tan potente, enérgica y elocuente, esté ahora tan tiesa como el mango de una pala y callado para siempre”. Tieso como el mango de una pala: la expresividad al poder. (La contestación de Engels, impresionante e irreproducible. Qué burro).

También con las cartas se da cuenta de cuestiones nimias en la correspondencia entre escritores. Guillén y Salinas. Benet y Carmen Martín Gaite. Así se han formado muchísimos epistolarios. Y hay que hablar también de las novelas “epistolares” (“Pamela”, la más nombrada), que jugaron un papel crítico en la “invención” de los derechos humanos. Y qué decir de las cartas de amor. Hay millones. Una buenísima: la brevísima carta de Frida Kahlo a Diego Rivera (sin fecha): “Nada comparable a tus manos…”. O las de Benedetti, “Sobre cartas de amor”. O Joan Margarit: “No tires las cartas de amor”. O el mismísimo Serrat: «Lucía, una carta de amor que se lleva el viento pintado en mi voz, a ninguna parte, a ningún buzón”. Millones.

Y cartas para la despedida. Como este fascinante reconocimiento de Abderramán III a sus hijos en el 961: “He reinado más de 50 años en paz o victoria, amado por mis súbditos, temido por mis enemigos, respetado por mis aliados. He dispuesto fácilmente de riquezas y honores, poder y placer; ninguna bendición terrenal parece haber faltado a mi suerte. En tal situación he tenido la diligencia de enumerar los días de felicidad pura y genuina que me han correspondido: ascienden a catorce”. Antonio Gala apuntillaba algo más (que no está en el libro de Sebag Montefiore): “Fui feliz 14 días… no seguidos”.

Hay quien dice que la carta-papel está hoy amenazada. Pues desde muchas instancias se intenta reducir la escritura al mínimo. Por ejemplo, en los buscadores. Para “un futuro próximo”, nos dicen, nada de teclear: “Bastará una fotografía para que se reconozca el producto que quieres”. Una imagen mejor que mil palabras, ya sabemos. ¿Quién necesita escribir? Porque ahora interesan más, al parecer, las «formas visualmente ricas». Oigamos a Prabhakar Raghavan, vicepresidente de Google: «Aunque escribir se ha convertido en algo natural para muchos de nosotros, no es ni mucho menos la manera más natural de expresar lo que necesitamos». Madre mía.

Pero la carta tiene vida propia. “Tu carta no me harto de leerla” (Lucía Carrillo, s. XVIII). Si quieres expresarte con palabras consistentes. Si estás especialmente predispuesto al escribir y al leer lo que dices y te dicen. En papeles que acabarán amarilleando. Si quieres que quede patente la historia de tu curiosidad, de tu vida, de tu alma, tendrás que escribir cartas. Se han acumulado aquí mil simplezas. Pero no es posible cerrar el post, para compensar, sin recordar una vez más lo que dijo Marina Tsvietáieva (en Cartas del verano de 1926). Una carta “es una forma de comunicación fuera de este mundo, menos perfecta que el sueño, pero sujeta a sus mismas leyes”. Porque “se sueña y se escribe no cuando nosotros queremos, sino cuando ellos quieren: la carta ha de ser escrita y el sueño ser soñado”.

(Imagen: procedente de la película de Michael Radford, Il Postino, 1994, en mendoza.italiani.it/il-postino/).


Dejar un comentario