Blog de Manuel Saravia

Pliegues

Decía Gómez Pin (en El drama de la ciudad ideal) que quien intente construir una ciudad o un paisaje “que recree la verdad” de lo urbano y lo territorial, ha de dirigirse a “la singularidad de la forma perturbada, a la intrínseca pluralidad de sus epifanías”, de sus manifestaciones. Las formas puras son estériles, muchacho. Y “las únicas formas que se revelan fértiles son aquéllas que llevan dentro una interna perturbación”.

Un sacerdote egipcio le dijo al poeta y estadista (vaya mezcla): “Solón, Solón, eternos niños sois los griegos. Un griego nunca es viejo”. Porque van al grano. Nada de amores abstractos. No vayamos a buscar la Atenas perfecta en su definición abstracta o en el recuerdo melancólico. Sino en la realidad que habitamos. Exploremos la perfección que se da en la realidad a partir de la realidad. Con sus formas siempre perturbadas. Tanto, tanto, tanto, que a veces esas alteraciones, desórdenes, trastornos o desconciertos son lo único que vale.

Las arrugas de las cosas, los repliegues de la realidad, los surcos, las estrías, frunces y dobleces, las patas de gallo (esas que a los griegos nunca envejecen), son la vida misma. No es extraño que en algún estudio sobre Leonardo da Vinci, se dijera esto: “Suprimiendo los pliegues nada queda”.

(Imagen: Estudio de vestido. Leonardo da Vinci. Procedente de https://www.pinterest.es/pin/15692298676013006/).


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