Blog de Manuel Saravia

Poesía saharaui

Veo en Página abierta de enero-febrero de 2016 un artículo sobre la poesía saharaui y busco más información. Hasta hoy no había leído nada de este grupo de poetas y lo siento, pues he encontrado algunos autores que me parecen especialmente interesantes y por los temas que tratan me habría gustado conocer antes. Por ejemplo Ebnu (Mohamed Salem Abdelfatah), con su sencillísimo poema “No queda nada”. Empieza así: “Vacío está el territorio de mis juegos / en las calles de mi lejana infancia, / vacío está el patio de la escuela, cubierto / de arena y despojos de la guerra”. Sigue con una descripción desoladora de los vacíos que rodean su vida, en la que “todo quedó lejano, perdido en un espacio / vacío de emoción, de recuerdos,…”. Y concluye con la visión de un paisaje en el que “no queda nada, ni nadie, solo el vacío / y el silencio que los años han tejido sobre / los puntos cardinales de nuestra historia”.

O Luali Lehsen, a quien veo como representante del grupo denominado Generación de la Amistad Saharaui. Recientemente presentó una ponencia titulada “El verso como territorio” en la que pretendía “reflejar el sentir de una generación de escritores que escribe y piensa en castellano, marcada decisivamente por el exilio”. Es curioso. Porque siendo la palabra que con toda probabilidad mejor refleje la penosa deriva de sus vidas, no existe nada parecido en su lengua materna hasania (o hassanía, o hassaniyya). No hay nada en ella semejante a los significados políticos e íntimos de la diáspora, el exilio, los refugiados.

Precisamente hay otra expresión hasania que da juego a Zahra Hasnaui para su poema “Sonajero”. Me refiero a Hayrit guiyim, la piedra de la fortuna. Pues se cuenta que hay una piedra en el Sahara que como aquel juguete suena cuando la agitas. Y cuenta la leyenda que quien la encuentre tendrá para siempre de su lado la fortuna. Por eso nos dice la autora: “Con gesto quedo y lento, no se entere el norteño, / agito el sonajero para alejar el pecado capital. / Lo arrimo para escuchar su caracola caliza / soplar el canto de gaviotas perdidas, / de flamencos pacientes en orillas añiles, / de aguas que no olvidan. / Cerré los ojos, queriendo espantar el exilio. / Y dentro, muy adentro, guardé la fortuna”.

Con todo, creo que finalmente me quedo, sin darlo más vueltas, con lo que proponía Bahia Mahmud Awah el pasado abril en el Retiro de Madrid: “Poesía, poesía, poesía y menos hablar”. Hala.


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