Blog de Manuel Saravia

Tres barcos

Uno: el que describe Manuel Vicent en El País (septiembre de 2017). “No hay barco más seguro que el primer barco de papel que fabricamos cuando éramos niños con una hoja del cuaderno escolar donde habíamos escrito nuestros sueños más puros”. Y concluye: Aquel velero de papel “hoy puede convertirse en un barco de salvamento si aquellos sueños, que transportaba, no han sido traicionados”. El segundo lo cuenta Marguerite Yourcenar: El maestro Wang-Fô pintó en la pared de su angosta celda el mar, el horizonte y una frágil embarcación (en primer plano), a la que se subió y partió “más allá de las olas”. El tercero, un pequeño barquito de madera que navegaba una acequia (en la Quinta de las Lágrimas, de Coimbra), cargado con los mensajes que permitían a Inés y Pedro comunicarse y alimentar su amor. En los tres casos el barco es un instrumento de salvación. Pero la pregunta es: ¿quién salva a los barcos?

Luis Cernuda, en el “Soliloquio del farero”, da cuenta del destino de quienes se dedican a la seguridad de la navegación: la soledad más absoluta. «Cómo llenarte, soledad / sino contigo misma». De manera que quien quiera salvar sueños no traicionados o escapar hacia el aire libre al fondo del horizonte, pilotando embarcaciones ligerísimas, habrá de negociar la soledad. Para alcanzar, eso sí, logros quizá hermosos, pero probablemente efímeros. Pues “todo lo que es hermoso tiene su instante, y pasa” (Cernuda, vas a acabar con nosotros).

(Imagen: Phare de la Hague de nuit, 2012. Autor: Luk. https://commons.wikimedia.org).

 


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