Blog de Manuel Saravia

Premio de novela negra “El arcón junto al Salón de Plenos”

Bien. Por la presente se convoca un nuevo concurso de relatos breves: “Primer (y último, sin duda) premio de novelilla negra El arcón junto al Salón de Plenos”. Creo que es una necesidad que tiene la ciudad y, por sentido de la responsabilidad, no puedo dejar de asumir su organización. Las bases son las siguientes.

1. En todos los relatos debe haber al menos un fiambre (también llamado cadáver por gente menos acostumbrada a la negritud), que aparecerá dentro del arcón que está en el pasillo de la Casa Consistorial de Valladolid, entre las dos puertas del Salón de Plenos. Realmente, seamos sinceros, ese arcón está pidiendo a gritos un cadáver. Aunque la tapa es pesada, he comprobado que está prácticamente vacío (si bien no del todo: si alguien quiere ver lo que hay dentro… que lo abra).

2. Pueden concurrir los textos escritos en castellano que sean inéditos o que al menos los miembros del jurado no consigan dar, de haberlo, con el plagio (lo cual, seamos una vez más sinceros, es bastante fácil). Extensión mínima: un folio; máxima: dos (¿no dijimos relatos breves?).

3. El jurado elegirá la obra ganadora sólo desde criterios literarios. No se valorará, ni positiva ni negativamente, el hecho de que el cadáver o los sucesivos fiambres que aparezcan en el arcón correspondan a esta o aquella persona.

4. Los originales deberán remitirse a este blog. Se admiten seudónimos. El plazo de admisión finalizará cuando se haya alcanzado un número suficiente de micronovelillas; por lo que cabe la posibilidad de que esa fecha no llegue nunca (el que avisa no es traidor).

5. El premio consiste en una caña grande de cerveza, para dos personas, en concepto de anticipo de los derechos de autor. Por supuesto, está sometido al IRPF de acuerdo con la legislación vigente.

6. El jurado estará compuesto por una sola persona: yo mismo. No obstante, para evitar presiones y malentendidos, el nombre de esa persona componente del jurado unipersonal sólo se revelará en el momento del fallo del premio.

Ánimo y suerte. Es un chollo.

(La imagen del encabezamiento procede de casalamm.com.mx)


12 comentarios

  1. saravia - 22 octubre, 2011 1:26 pm

    Adenda a la base 3: Cabe la posibilidad de que el fiambre sea quien convoca el premio. Aunque en ese caso el autor de estas líneas probablemente se acordase de la familia del escritor.

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  2. saravia - 22 octubre, 2011 1:33 pm

    Segunda adenda a la base 3: Ante el clamor popular (aquí, en casa) se elimina la posibilidad de que en el arcón aparezcan personas conocidas. Sólo valen personajes ficticios. (Como sigamos así no sé dónde vamos a acabar).

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  3. saravia - 22 octubre, 2011 2:56 pm

    Gran éxito. Acaba de llegar el primer original, que, por su interés editorial, transcribimos completo.

    Inter ostia

    El reloj del Ayuntamiento está dando las siete y cuarto de la madrugada (din don). En la calle, un frío que pela (fffff). Dentro también. Es invierno (frío que pela, invierno, ya sabes), y la oscuridad cubre todavía la ciudad con su manto negro (manto, negro, bellísimas metáforas). Se oyen unos pasos por el pasillo de los pasos perdidos (más metáforas), en la llamada segunda planta de la Casa Consistorial. De repente esos pasos se paran. Una sombra se recorta sobre el negro (ya, ya: imposible, pero era así, yo lo vi y doy fe: soy notario), y se aprecia cómo una figura en sombra (recortada sobre el negro) se para en el pasillo (de los pasos perdidos), entre las dos puertas (inter ostia) del Salón de Plenos.

    Mira a un lado y a otro y no ve casi nada, porque era noche cerrada y un manto negro lo cubría todo. No obstante, intenta atisbar algo entre el citado manto negro y cree que está solo. Delante de él, junto a las cristaleras del patio, un viejo arcón. Levanta la tapa lentamente… ñic, ñic, ñic. Y se oye una voz desde el fondo: “¿Qué haces ahí, Susenríquez?” (Susenríquez es un nombre ficticio, por supuesto). La citada figura en sombra suelta la tapa de golpe (¡bum!), sorprendido, e intenta componer una respuesta: “Hummm, esto… estaba buscando folios, que se nos han acabado en el Grupo. Por cierto, no sabía que también estuvieses aquí a esta hora, Carpuente” (el nombre de Carpuente es igualmente ficticio, por supuesto).

    La tensión puede cortarse con un cuchillo eléctrico. Carpuente se acerca con paso seguro (ploc, ploc, ploc) y le dice, bajo y quedo, a Susenríquez: “Así que folios, ¿eh? No sabía que ahora lo llamabais folios. Veamos”. Y comienza, ahora él, a levantar la tapa del arcón: ñic, ñic… “Espera”, grita des-esperado Susenríquez mientras pone la mano sobre el arcón para evitar su apertura. “No lo hagas. Esto… yo mismo te puedo dejar folios si te hacen falta”, dijo, sin darse cuenta de que había sido él quien decía necesitar folios. “Son del galgo, de los buenos”. Pero en ese momento… (la tensión se corta ahora con una espada láser).

    En ese momento se abre una puerta desde más allá (no confundir con “desde El Más Allá”: ésa es otra puerta que está un poco más allá todavía: grandísimo juego de palabras). Un chorro de luz deslumbra a nuestros personajes y nos permite ver, como por un instante, sus rostros, tan sorprendidos como asustados, a la par que un poco cegados por semejante luminosidad. Qué miedo da ese haz de luz en medio de este manto negro de la noche negra que todavía cubre la ciudad, parecen decir. De la puerta de más allá se acerca otra figura, mucho más resuelta (si cabe) y decidida (si ello fuera posible) que nuestros dos primeros protagonistas. “Dejen de enredar con el arca y vuelvan a su trabajo, caballeros; que no les va a dar tiempo”, dijo resuelta y decidida la nueva figura. “Es que estoy buscando folios”, responde Susenríquez. “Es que… voy al servicio”, dice también Carpuente. “Déjense de tontadas y regresen al trabajo”, vuelve a hablar la voz resuelta y decidida, de quien no conseguimos ver el rostro porque está a contraluz de un enorme haz que nos deslumbra como si fuese el origen de las estrellas (sin comentarios ante metáfora tan bella).

    Cabizbajos se dirigen a sus despachos. Uno de ellos confiesa: “Es que había oído decir que había fiambre en el arcón y quería probarlo. Estoy sin desayunar. No sé por qué no nos dejan abrir el arcón”. El otro responde: “A mí me pasa lo mismo. Esto de convocar a traición los plenos extraordinarios, y a estas horas, va a ser fatal para mi estómago”. Entran en sus despachos (plas, plas: se cierran ambas puertas). Entre ellos hay otra puerta de otro despacho, pero no sabemos si en ese momento se encontraba alguien o no. Como decíamos, se había convocado un Pleno para las ocho de esa misma mañana, urgentemente, y estaba claro que no les iba a dar tiempo a preparar los asuntos. Por eso mismo sería raro que no estuviesen los de YU (YU es otro nombre ficticio). ¿Dónde estarían?

    La figura del más allá también cerró, con decisión, su puerta (superplas), dejando como antes en la oscuridad más oscura la negra negritud de los pasillos. En el arcón, efectivamente, había fiambre… Pero no la que iban buscando nuestros héroes. Un cadáver de los de verdad se acurrucaba entre sus paredes de madera de roble (¿será de roble?). ¿Quién era el muerto? Nunca se supo, pues ya nadie se atrevió a volver a levantar la tapa de ese maldito arcón maldecido por las maldiciones. Y en la noche negra de la negritud más absoluta se empezó a rasgar el alba de la mañana que, como podía, pugnaba por amanecer. (Y el relator dijo: decididamente necesito un trago).

    Este bonito relato lo firma: El notario de la madrugada.

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  4. Miguel - 24 octubre, 2011 7:39 am

    Pues protesto por discriminatorio, ya que bien podría haberse extendido la convocatoria a “novela negra en verso” o algo así (ya que el género “poesía negra” está tomado en las Antillas). Al fin y al cabo ¿no están de moda los microrrelatos? ¡Un protagonista haiku!

    Me apunto y propongo solución:

    Diccionario:
    arcón, arca
    sobaco, yacija,
    caudales.
    Acudieron a abrirla los claveros
    (hallaron el cadáver del dinero).

    Besitos.

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  5. remigio - 1 noviembre, 2011 11:03 pm

    No llega al tamaño mínimo de un folio por lo que (supongo) queda fuera de concurso pero allá va.

    Cuentan las crónicas de aquellos primeros años del siglo veintiuno que el canciller de la villa era conocido (y reconocido fuera de los confines de la urbe) por su naturaleza lenguaraz. (H)Ojeando entre los diarios íntimos de sus allegados también supimos que era lo que bien se podía definir como cotilla. Debía ser por la mezcla de ambos factores o porque de tanto ser tratado como jefe llegó a pensar que nada le estaba prohibido bajo sus dominios (las viejas crónicas dan fe de que así actuaba una y otra vez). Nada le detenía, ninguna ley estaba por encima de su potestad, hacía y deshacía a su antojo y siempre sentía reforzada esa autoridad por el aplauso de un grupo de corifeos dispuestos a seguir diciendo siseñó. Lo que nadie llegó nunca a imaginar era que se atreviese a vulnerar los códigos que determinan el valor de lo simbólico. Medio siglo antes, en el país en el que se encuentra dicha villa, hubo gobernantes cuyo “modus operandi” era idéntico al de nuestro protagonista, sin embargo nunca, insisto, nunca, se enfrentaron tan abiertamente a las supersticiones populares. Seguramente no fuesen tan cotillas. Por una u otra causa, tanto da, el canciller decidió abrir el arcón. Su cabeza, es un suponer, recrearía aquellas novelas caballerescas y creyó que levantar esa pesada portezuela tendría el mismo efecto que para el rey Arturo tuvo levantar aquella espada que vivió siglos en el vientre de una roca.

    Lo dijo publicamente, yo seré el que abra ese arcón. Después lo meditó en privado de la forma en que acostumbraba: tomada la decisión habría de meditar sobre la forma de materializarla. El calendario señalaba el día anunciado, huelga decir que lo anunció, para tal acontecimiento. A la aguja grande del reloj le faltaban dos minutos para encaramarse en lo alto de la esfera junto a la menor. Fotógrafos y redactores se agolpaban ante la puerta del pasillo, el canciller caminó con paso firme, uno, dos, tres pasos…hasta que se situó frente al cofre (alguno de esos citados redactores escribió en el titulo de su crónica ‘El cafre frente al cofre’) y procedió. El único hecho probado es que, tras el acontecimiento, falleció la lengua del osado aspirante a rey. Nadie más se atrevió a comprobar el contenido de la dichosa caja, nunca nadie osó preguntarlo.

    Años después, en vísperas de su muerte, redactó de su puño y letra el testamento. En él escribió:
    “Quiero que mi difunta lengua sea introducida en un frasco con formol y que se deposite en el interior del arcón que está situado en la antesala del salón de plenos. Ruego, por el bien de quien lleve a cabo esta operación, que no dirija la mirada, ni por un segundo, a su contenido”.

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  6. jovenmoza - 1 noviembre, 2011 11:05 pm

    no impugno las bases, pero apostillo que eso de la “caña grande para dos personas” queda un tanto viejuno. Vamos, que lo que está en juego es un cachi, ¿no?. Digo, por aclarar.

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  7. remigio - 1 noviembre, 2011 11:10 pm

    Impugno la pseudoimpugnación.
    Jovenmoza no es tan joven ni tan moza.

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  8. jovenmoza - 1 noviembre, 2011 11:12 pm

    qué sabra el Remigio de juventud ni de mocedades, si anda tol día con las vacas y el arradio en la oreja escuchando el jurgol…

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  9. Miguel - 2 noviembre, 2011 8:22 am

    Qué bonito: hay tenis (anyone?)

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  10. remigio - 2 noviembre, 2011 10:02 am

    donde dice:
    Debía ser por la mezcla de ambos factores o porque de tanto ser tratado como jefe llegó a pensar que nada le estaba prohibido bajo sus dominios (las viejas crónicas dan fe de que así actuaba una y otra vez).

    debería decir:
    Debía ser por la mezcla de ambos factores -o porque de tanto ser tratado como jefe- lo que le llevó a pensar que nada le estaba prohibido bajo sus dominios (las viejas crónicas dan fe de que así actuaba una y otra vez).

    disculpennnnnnnnn

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  11. radiocontrol - 3 noviembre, 2011 2:46 pm

    Madre mía, esto está que arde. Algunos escriben “yacija” y se delatan (¿quién dice hoy yacija que no sea quien eres?). Otros se impugnan mutuamente (una buena práctica, sin duda). Unos hacen un haiku de los mercados, otros un relato volcánico de cafres y cofres. Y vale: de premio, un calimocho de cachi. Lo dicho: está que arde. Ánimo, epicentros.

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  12. Miguel - 7 noviembre, 2011 6:30 pm

    Ejem, solo a título de coincidencia enrevesada, pero quizás pertinente al caso por lo que pudiera tener de ejemplar, acabo de recordar (mentira, que nadie se acuerda de cosas que andan tan lejos, si no es enredando con el explorador) que este verano en otra ciudad hallaron un arcón en los almacenes municipales, nada menos que del siglo XVIII, que llaman “El arca de las tres llaves”, de gran peso y robustez, con gruesas capas de hierro, y decorada con clavos de cabeza semiesférica, que se utilizaba para depositar la recaudación de los arbitrios municipales. El arcón está cerrado y nadie sabe dónde están las tres llaves. Lo curioso es que en lugar de abrirle las costillas para ver qué hay dentro, lo que van a hacer (dicen) es restaurarla y enseñarla en el museo. El cofre no despide olor, pero pudiera ser que sus entrañas disimularan cadáveres trufados de bálsamo. Yo pienso que se trata de un rito, una superstición, y que quieren cuidar el arcón de los arbitrios por si criara.

    Vi una foto. Es clavadito (con perdón) al del Salón de Plenos (¿sesiones?) de Valladolid.

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