Blog de Manuel Saravia

Sostiene Montaigne

La lectura de Montaigne es un caos total. Los mensajes que ofrece son numerosísimos y se amontonan, sin ofrecer ninguna sensación de orden (los presenta “en artículos descosidos”, como él mismo reconoce) y, a su pesar, sin duda, pareciendo incluso en algún caso contradictorios. Pero no importa. Todo lo contrario. Leerle es como pasear por el bosque: aquí encuentras esto y allá lo otro, en un recorrido estimulante. Y del paseo de hoy hemos recogido tres frutos (o tres setas, o tres lo que sea). Comentarios sobre tres cualidades comunes que, aunque sólo sea por el recuerdo de lo obvio, resultan tan atractivos.

En “De la amistad”, leemos: “El viejo Menandro llamaba feliz al que había podido encontrar siquiera la sombra de un amigo. Razón tenía en decirlo, sobre todo si lo había probado”. Montaigne valora de forma extraordinaria la amistad (“siquiera la sombra”) cuando es buena. Porque distingue la “amistad soberana” de “esas otras amistades corrientes” en las que “es menester marchar con la brida en la mano, con mesura y precaución”; aquéllas en que “el vínculo no se ha estrechado como para no desconfiar”. Para Montaigne no hay nada comparable, entre las distintas formas de las relaciones humanas, a una buena-buena amistad-amistad. Y no está de más recordarlo ahora.

En “De la experiencia” (además de encontrarnos con esta sorprendente frase: “Los reyes y los filósofos cagan”), comenta un asunto muy curioso. Se refiere a lo que podíamos denominar la “manía de solemnidad” en la escritura y la “manía de pormenorización” en el pensamiento. “¿Por qué nuestro lenguaje común, tan fácil en cualquier otro uso, deviene oscuro e ininteligible en contratos y testamentos”?, se pregunta el autor. “Se debe –contesta él mismo- a que los príncipes de este arte prestan una particular atención a escoger las palabras solemnes y construir cláusulas enrevesadas, sopesan tanto cada sílaba y rastrillan de tal modo los enlaces que, helos aquí, enfrascados y embarullados en la infinidad de figuras y en tan mínimas particiones que no pueden entrar en ninguna regla ni en comprensión segura”. Los ve como a esos niños que tratan de dividir una masa de mercurio y que, cuanto más la oprimen, “más se escabulle, se desmenuza y desparrama más allá de toda previsión”. Y continúa: “Lo mismo ocurre con las cosas, pues al subdividirlas en sutilezas, se enseña a los hombres a aumentar las dudas (…). Se hace fructificar y crecer el mundo en incertidumbre y querellas” que, finalmente, “disipan la verdad y la destruyen”. O sea: hay que ir al grano.

Finalmente, en “Del arte de conversar”, también nos ofrece alguna recomendación. “El ejercicio más fructífero y natural de nuestro espíritu es, a mi juicio -nos dice-, la conversación. Encuentro su práctica más dulce que cualquier otra actividad de nuestra vida”. Aunque la concibe de una forma muy peculiar: “Si converso con un alma fuerte y un duro adversario, me hostiga por los flancos, me fustiga a diestro y siniestro; sus ideas avivan las mías. Los celos, la gloria, la contención me empujan y realzan por encima de mí mismo”. Y por si no ha quedado claro que le va la marcha, concluye: “La conformidad es una cualidad del todo estomagante en la conversación”. Montaigne cae bien, pero da la impresión de que tenía que ser una de esas personas que siempre tiene que decir la última palabra. O sea: un plasta.

(Imagen: Amigos conversando, procedente de chinadaily.com.cn)


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