Blog de Manuel Saravia

Sobre el teatro de calle y sobre Salvador Távora

Ayer no pude llevar a cabo la presentación que había previsto del 19 Festival de Teatro y Artes de Calle de Valladolid. Al parecer, por problemas de “escaleta”. Vaya. Pero no querría que se perdiesen las cuatro palabras que había preparado. Algunas están recogidas de aquí y de allá. Y en conjunto probablemente no sean gran cosa. Pero alguna parte me gusta mucho, para qué lo voy a negar. Y de ahí que las traiga a este blog. Son complementarias al buen texto que prepararon los servicios técnicos organizadores del TAC (eso de que te preparen los discursos está fenomenal). Pero que me habría gustado complementar, de haber tenido ocasión, para darle un tono un poco más personal. Tómense estas notas, por tanto, como un homenaje al teatro de calle, y al propio Salvador Távora.

El TAC de Valladolid

Así habría empezado: Buenas y soleadas tardes (quiero decir que les deseo que la tarde siga siendo tan buena como es; y que siga siendo tan soleada. Deseos, ya saben). Bienvenidos todos y todas a este acto inaugural del décimo noveno Festival Internacional de Teatro y Artes de Calle de Valladolid. Subamos, pues, oficialmente el telón. Un imaginario telón de nubes, es verdad, que bien podrían subir completamente y quedarse fuera de la vista, o solo de fondo, unos pocos días. (Deseos, ya saben). En efecto, inauguramos ahora el TAC, nuestra gran fiesta de las artes escénicas que se espera siempre con tantas ganas. Porque cada mes de mayo hay en Valladolid ganas de calle y ganas de teatro. Y basta con mirar ahí fuera para comprobarlo. Cuando la primavera empuja a respirar el nuevo aire, nuestras calles y plazas se llenan de teatro.

Un teatro que por su naturaleza es bien distinto a todo lo demás. Pues aquí los artistas juegan con la calle, incluyen los impulsos que llegan desde ella y la utilizan como telón de fondo. Pero la calle también juega con ellos. Aquí no hay “cuarta pared” que valga. Y siendo, como es, un arte combativa y revolucionaria como la que más, también son siempre, por definición, los artistas de la calle enormemente conformistas. Unos buenazos. Que no reclaman nunca nada, que parten de la nada, de la nada de la calle. Que no necesitan nada de nada para existir. No utilizan costosos decorados y tiran de lo que está a la mano: la farola, el banco, el paso de peatones, las latas, los botes y los contenedores. Lo que lleva la gente en las manos. Lo que sea. Como se dice por internet, los textos son a menudo gritados, murmurados, ladrados, maullados o cantados. Y por si fuera poco, la improvisación y la espontaneidad tienen aquí su casa.

El teatro de calle nació justo después de mayo del 68 (ahora se cumplen 50 años), respondiendo a una necesidad de huir de las instituciones que se consideraban escleróticas. ¿Y dónde huir?: a la calle. Que es el espacio de la aventura. Haciendo de cada representación una aventura. De manera que por su gracia, y por unos días, las calles de Valladolid se hacen así ante todo escenario y espectáculo. Y sucede en la mitad exacta de la primavera, como ha de ser. Como sucedía ya desde hace varios cientos de años, en las fiestas y ceremonias dionisíacas (en el origen campesino del teatro), donde se procuraba una pausa en el curso cíclico del tiempo y se celebraba la renovación de la vida, la próxima cosecha o la nueva felicidad; el momento fecundo de abrirse en flor, la primavera, y el renacer instintivo de la ciudad con el de cada uno de sus ciudadanos y ciudadanas. Francisco Milizia, el tratadista italiano, no pudo expresarlo mejor (lo he dicho un montón de veces, porque me parece una frase precisa y exacta): “El teatro –nos dijo- excita los mejores movimientos en los pechos humanos”. Pues ayuda a “sentir menos lo insípido de la propia existencia”. Larga vida al teatro, sí señor, y ábrase paso aquí, en nuestras calles. Y con él, una vez más, esa crítica a la realidad, la sorpresa de lo inesperado y la ilusión del renacer primaveral que la calle nos procura.

Salvador Távora

En la inauguración del TAC siempre se homenajea, al comenzar cada edición, a una figura relevante, que sea y haya sido un estímulo para la cultura del teatro y para la cultura de la calle. Este año, con especial acierto, se ha decidido reconocer el trabajo, toda una vida de trabajo, de Salvador Távora. Valladolid se rinde ante él. En un reconocimiento imprescindible. Podríamos decir que casi solo faltaba nuestra ciudad en unirse a un amplísimo listado de homenajes y elogios hacia este autor, que en su Andalucía natal pasó “de ser hijo maldito a hijo predilecto”. Y desde ahí, predilecto en todas partes.

Una personalidad clave en la cultura teatral de nuestro país. Intuitivo y autodidacta, eclosionó en los primeros años 70 (precisamente cuando empezó el teatro de calle en el mundo) con su radiante Quejío (concebido y elaborado en un pequeño local de su barrio El Cerro del Águila). Y todo fue distinto desde entonces. Este torero, cantaor, actor y director de teatro, suele celebrarse como el gran renovador del teatro andaluz. Pero lo cierto es que ha descolocado todas las estructuras de su país, es cierto, pero también de muchos otros lugares. Ha estrenado en Nueva York y en París. En innumerables ocasiones en Cataluña. En toda España. En América. En Europa. Suele decirse que su obra bebe del barrio y del flamenco. Claro. Cómo no. Pero todo lo supera y transforma con su profundísimo talento. Que desde aquel Quejío de 1972 no ha dejado de crear y producir.

Fíjense qué cosas dice. “Si un país no cambia su estética, no cambiará su cabeza y su ideología (…). Pienso que un pueblo se parece mucho al arte que hace”. Y más: “Qué más da muerto que vivo si te tienes que callar”. Fíjense qué cosas hace. Metía, literalmente, la calle en el teatro. “Hormigoneras, retroexcavadoras, segadoras, hoces, soldaduras eléctricas, plataformas cargadas de cirios, alhucemas, caballos, perros y palomas, cadenas, transportadoras mecánicas… mecanismos de todo tipo empleados en el mundo real del trabajo han formado parte del universo teatral de Távora donde, eso sí, todo andaba, sonaba o vibraba al compás de ritmos flamencos, de puestas en escenas arriesgadas siempre artística y físicamente hablando”. Su montaje Carmen lleva 20 años emocionando a medio mundo; con más de 1000 representaciones, más de un millón de espectadores de 24 países y presencia en 32 Festivales internacionales.

Podríamos seguir relatando una vida de trabajo y compromiso. De una persona singular. Que –nos dice- “sería incapaz de hacer reír porque yo mismo soy incapaz de reírme”. Que es prodigio de mezclar “pensamiento e intuición”. Y que, como lo recuerda Monleón, ha sido y es “un descubrimiento diario de pasión por la vida, de compromiso con el cante y con su tierra”. Que nos dice: “He vencido el miedo a la muerte con la vida”.

Final

Solo queda agradecer la segura presencia de muchísimos vallisoletanos y vallisoletanas que, con seguridad, llueva o truene (con un tiempo más primaveral, imposible), llenarán las calles, las plazas y las salas en estos días de TAC. Ahora sí, subimos ya el telón de nubes. Muchas gracias. Y a la calle. ¿A qué esperamos?

(Foto: El Norte de Castilla, TAC 2017)


3 comentarios

  1. Atila - 21 mayo, 2018 6:02 pm

    Señor arquitecto, el techo del túnel de Labradores se está desprendiendo a marchas forzadas, imagino que lo de pintar las barandillas de colorines y con las beldades de la ciudad (de la ciudad del otro lado del muro y las verjas con pinchos) es para vacilar un poco a sus votantes de Delicias y Pajarillos. Mejor arreglen el techo antes de que un trozo caiga sobre una desgraciada cabeza de los habitantes del guetto, sería un riesgo esperar a los nuevos y fastuosos túneles con su hilo musical y su olor a pétalos de rosa. Un saludo y gracias.

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  2. Juan Ramon - 22 mayo, 2018 3:03 pm

    BASTA DE MUROS BASTA DE VERJAS BASTA DE PINCHOS BASTA DE TUNELES, BASTA DE RUIDOS A TODAS HORAS VERGÜENZA DE CIUDAD. SOTERRAMIENTO YA!!

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  3. Fran - 22 mayo, 2018 5:28 pm

    “Sí, señor. No hay vueltas que darle al manubrio. Una ciudad con una catedral a la que se le hunde su torre es una ciudad desdichada.” Lo anotó el historiador y escritor vallisoletano Matías Sangrador hace algo más de 150 años. Hoy seguramente escribiría algo así: “Sí, señor. No hay vueltas que darle al manubrio. Una ciudad partida en dos por unos muros de ferrocarril, y conectada por unos cochambrosos y mugrientos túneles que se caen a pedazos es una ciudad desdichada.” Y yo añadiría a la cita al cacique anterior que arruinó la villa para seguir separados por muros y túneles, y al prepotente actual que nos mea en la cara con lo de la integración en superficie, mientras dice que llueve. Ciudad desdichada, si señor, Matías.

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